La mayoría de los hongos comestibles se comercializan en el mundo como suplementos dietarios, pero la Argentina está todavía lejos de elaborar productos medicinales extraídos del reino fungi porque esa actividad no está legislada.

De hecho, el Código Alimentario Argentino recién incorporó correctamente estas especies en 2012. Antes de eso, los hongos estaban erróneamente clasificados como “plantas aclorofílicas”, pese que -se sabe- no tienen clorofila y, por lo tanto, no son plantas.

Los hongos comestibles son los únicos que se pueden comercializar en el país y en ese grupo están los champiñones, las gírgolas y los shiitake, todos poseedores de sustancias betaglucano, utilizadas en terapias para prevención del cáncer y para favorecer el sistema inmunológico ante afecciones inmunodepresivas o autoinmunes, explicó a Télam Leticia Terzzio, de la Fundación Fungicosmo, que agrupa a académicos e investigadores del Conicet de Córdoba.

Sin embargo, el hongo reishi (ganoderma lucidum), cuya comercialización está prohibida en el país, es el que mayor propiedades medicinales tiene aceptadas en otros países y sobre el que más estudios se realizaron en el mundo.

No es comestible por su dureza, similar a una rama, y, por lo tanto, no fue incluido en el Código Alimentario Argentino (como sí ocurrió con el champiñón, la gírgola y el shiitake), pero tampoco está reconocido por el Anmat ni tiene a su favor legislación que respalde el desarrollo de sustancias medicinales o suplementos dietarios.

En China, el reishi, conocido como el hongo de la longevidad o la inmortalidad, es utilizado desde hace más de 2.000 años porque crece abundantemente en forma silvestre, pero recién en la década del 70 empezó a desarrollarse la producción en cultivos.

“En Argentina están frenadas las iniciativas para incluir este hongo en la legislación de especies permitidas para ser vendidas como medicamentos”, lamentó el investigador Francisco Kuhar, del Conicet y del Centro de Investigación y Extensión Forestal Andino Patagónico (Ciefap).

Para el científico “sería importante que Argentina incorpore cultivos de reishi por sus propiedades anticancerígenas e inmunoestimulantes”, algo que hasta ahora tiene desarrollo sólo con fines biotecnológicos o en forma casera.

Si bien el reishi no figura en la Farmacopea Argentina (el código oficial donde se describen las drogas, medicamentos y productos médicos con todas sus especificaciones), en páginas de venta de Internet se consiguen productos de Malasia y otros países asiáticos con componentes reishi.

“Algunos laboratorios investigan temáticas relacionadas con estos compuestos, pero la legislación aún no permite el acceso público a estas alternativas, por lo que los pacientes terminan recurriendo a costosos preparados adquiridos en el exterior”, lamentó Kuhar.

Más allá de los poderosos atributos del reishi, que sí son aprovechados y estudiados en Asia, Europa y en varios países de América como Estados Unidos, Colombia, México y Brasil, todos los hongos son bajísimos en grasa, contienen valiosas proteínas (con todos los aminoácidos esenciales), minerales (potasio, fósforo y calcio), vitaminas (B1, B12 y C) y fibra.

Además, cuentan con polisacáridos anticancerígenos y eritadenina, un compuesto aprobado por la estadounidense Food and Drug Administration en 1987 para tratar los altos niveles de colesterol en sangre.

El vínculo entre los hombres y los hongos se remonta a tiempos muy antiguos. Ya los griegos creían que aportaban fortaleza, los romanos los consideraban un alimento de los dioses y los chinos, proveedores de vida eterna.

En la historia del mundo tampoco pasó desapercibido el hecho de que la penicilina, por ejemplo, es un antibiótico bactericida derivado del moho Penicillium notatum, un hongo.