
La política de "América First" de Trump incluyó aranceles a bienes tecnológicos, automóviles y acero, pero uno de los capítulos más tensos del conflicto fue el que afectó al comercio agrícola. China, en represalia, impuso aranceles a productos agroindustriales estadounidenses, siendo la soja el más emblemático.
Esto generó un giro abrupto en el comercio global: China, el principal comprador mundial de poroto de soja, dejó de comprar a EE. UU. y volcó su demanda hacia Sudamérica. Brasil fue el principal beneficiado. Argentina también captó parte de esa demanda, pero el impacto fue ambiguo.
Lejos de ser una ganancia clara para el agro argentino, el conflicto provocó una caída global de los precios de los commodities agrícolas, sobre todo de la soja. A pesar de que China compró más soja sudamericana, el exceso de oferta y la incertidumbre financiera hicieron que los precios internacionales se desplomaran entre 2018 y 2019.
En Argentina, donde el sector agroindustrial enfrenta altos costos de producción, presión fiscal y retenciones a las exportaciones, ese descenso de precios significó una reducción en la rentabilidad y una presión adicional para las economías regionales.
Aunque la soja fue el epicentro del conflicto, el maíz y el trigo también sintieron el efecto dominó. La reconfiguración del comercio global de granos generó movimientos especulativos y cambios en las rutas comerciales que alteraron la dinámica de precios y colocación de estos cultivos.
Además, los biocombustibles —un sector vinculado al maíz y la soja— sufrieron distorsiones en su cadena de valor, lo que afectó a industrias locales que venían creciendo en el interior del país.
Si bien algunos traders y exportadores argentinos lograron cerrar negocios puntuales con China gracias al conflicto, la falta de infraestructura, logística eficiente y una política comercial estable limitó las posibilidades de aprovechar plenamente la oportunidad.
A esto se sumó la imposibilidad de competir de igual a igual con Brasil, que tiene una capacidad exportadora más aceitada y relaciones comerciales más fluidas con Asia.
La guerra comercial impulsada por Trump dejó en evidencia la alta exposición del agro argentino a los vaivenes del contexto internacional. Aunque el país es competitivo en términos productivos, su dependencia de pocos mercados y su escasa capacidad de negociación frente a grandes potencias lo dejan en una situación frágil.
El enfrentamiento comercial entre Trump y China dejó una lección clara para Argentina: incluso los conflictos ajenos pueden tener efectos devastadores —o al menos desestabilizadores en la economía local. En el caso del agro, no basta con ser un productor eficiente. Hace falta una política agroindustrial inteligente, con mirada global, capaz de anticiparse a los cambios geopolíticos y aprovecharlos estratégicamente. Porque en un mundo cada vez más interconectado, lo que ocurre en Washington o Pekín puede sentirse con fuerza en una cosechadora en Pergamino.