
En los últimos meses, la cotización del dólar en Argentina mostró una marcada volatilidad. Tras la relativa calma de comienzos de año, marzo trajo una nueva ola de presiones cambiarias. El dólar blue alcanzó su valor más alto desde agosto del año pasado, rozando los $1.320 y cerrando el mes en torno a $1.315
En ese mismo período, el dólar oficial continuó con devaluaciones graduales bajo el esquema de crawling peg (devaluación controlada), a un ritmo cercano al 1% mensual. Esto implicó que en el primer trimestre el dólar oficial subiera menos que la inflación, contribuyendo a una brecha cambiaria relativamente acotada. De hecho, al cierre de marzo el dólar blue acumulaba un alza de 6,9% en 2025, levemente por debajo de la inflación del primer trimestre (estimada en 7,5%). Sin embargo, la brecha cambiaria volvió a ampliarse a fines de marzo, superando el 20% por primera vez desde octubre pasado.
El alza de los dólares paralelos (blue, MEP y CCL) obligó al BCRA a intervenir vendiendo divisas para frenar la depreciación del peso. En la tercera semana de marzo, los tipos de cambio financieros llegaron a cruzar la barrera de $1300, mientras que el BCRA tuvo que desprenderse de más de USD 700 millones en pocos días para abastecer la demanda de dólares (tanto por cobertura de inversores como por pagos de importaciones)
Este drenaje de reservas se reflejó en el saldo mensual: en marzo, el BCRA terminó con ventas netas por USD 1.156 millones en el mercado oficial, cortando siete meses consecutivos con resultado positivo.
Las reservas internacionales brutas cayeron alrededor de USD 2.943 millones en el mes (un 10,5%), tocando su nivel más bajo desde enero de 2024
Pese a este contexto tenso, el inicio de abril trajo cierto alivio. Con expectativas puestas en la llegada de dólares de la cosecha gruesa y en posibles anuncios económicos, el dólar libre retrocedió ligeramente desde sus picos y el Banco Central logró volver a comprar divisas en el mercado. El 1° de abril, la autoridad monetaria finalizó su rueda con un saldo comprador de USD 53 millones –algo no visto en once jornadas– gracias a un incremento en la oferta de dólares en el mercado de cambios.
Esto permitió una leve recuperación de las reservas. Los analistas señalan que la distensión también estuvo vinculada a cierta calma externa (mejora en mercados globales) y a la expectativa de un inminente acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para reforzar las arcas del BCRA.
Las proyecciones de los analistas para el tipo de cambio en lo que resta de 2025 anticipan una devaluación gradual, menor a la inflación esperada. Según el último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del BCRA –que releva a bancos y consultoras– la mediana de las estimaciones sitúa al dólar oficial mayorista en torno a $1.201 para diciembre de 2025
De cumplirse, esto representaría una suba interanual del 17,6% para el dólar, por debajo de la inflación proyectada para el año (23,2% según el mismo REM)
En otras palabras, el mercado prevé un atraso cambiario moderado en 2025, con el peso apreciándose en términos reales si la inflación supera al ritmo de devaluación. Esta tendencia ya se viene observando en el primer trimestre, como se mencionó, y obedece a la estrategia oficial de usar el tipo de cambio como ancla antiinflacionaria. Detrás de este pronóstico relativamente benigno hay supuestos clave. El Gobierno nacional –bajo la administración de Javier Milei– se comprometió a mantener un crawling peg de sólo 1% de devaluación mensual mientras la inflación lo permita.
De hecho, tras asumir en diciembre, el nuevo equipo económico redujo la tasa de devaluación mensual del 2% al 1% para reforzar la estabilización de precios
Asimismo, el Presidente Milei anunció que el 1° de enero de 2026 “no habrá más cepo” sugiriendo que hacia fin de 2025 el país transitaría un proceso de unificación cambiaria y levantamiento de los controles. Este horizonte influye en las expectativas: muchos actores del mercado descuentan que el Gobierno intentará llegar a 2026 con una brecha cambiaria controlada y sin saltos abruptos del dólar, preparando el terreno para liberalizar el mercado cambiario. No obstante, existen riesgos latentes en estas proyecciones. Algunos economistas advierten que, para sostener un ritmo de devaluación menor a la inflación, el BCRA necesita contar con abundantes reservas y respaldo externo. De lo contrario, la presión sobre el tipo de cambio podría tornarse insostenible. En efecto, en los primeros meses del año la autoridad monetaria sacrificó más de USD 1.500 millones de sus reservas sólo en enero y febrero para contener a los dólares financieros y mantener la brecha en torno al 15%.
Esta dinámica de intervención –exitosa en el corto plazo para enfriar las cotizaciones alternativas– conlleva un costo alto en reservas, que el Gobierno busca compensar negociando un nuevo desembolso con el FMI.
De concretarse un acuerdo, los fondos frescos servirían para recomponer reservas y cancelar deudas internas, dando mayor margen de maniobra cambiaria. Si, por el contrario, la asistencia externa se demora y las arcas del Central siguen disminuyendo, los pronósticos de un dólar estable podrían verse desbordados por una corrección cambiaria más brusca hacia 2026.
Un factor determinante para la estabilidad del dólar en Argentina es la entrada de divisas por exportaciones del sector agroindustrial, principalmente soja, maíz y sus derivados. Históricamente, los meses de abril a junio –durante la “cosecha gruesa”– son de alta liquidación de dólares por parte del campo, lo que incrementa la oferta de divisas en la economía. En 2023, una severa sequía redujo dramáticamente la producción agrícola y, con ella, el ingreso de dólares: las empresas agroexportadoras liquidaron ese año alrededor de USD 23.300 millones, muy por debajo de los niveles récord de 2021-2022.
En 2024, con una mejora climática parcial, la liquidación repuntó a unos USD 30.200 millones (un 30% más que 2023, aunque aún 27% por debajo del promedio 2021-22)
Para 2025 se espera otro aumento en la oferta de divisas del agro: estimaciones de la Bolsa de Comercio de Rosario proyectan unos USD 31.500 millones en ingreso de dólares agrı́colas en el mercado de cambios durante todo el año.
Si se mantienen las reglas actuales –incluyendo un esquema conocido como “dólar blend” que estuvo vigente en 2024– aproximadamente USD 25.200 millones ingresarían vía mercado oficial, mientras que unos USD 6.300 millones se liquidarían a través de los mercados financieros (por ejemplo vía CCL)
Este mecanismo permitió el año pasado que una parte de las exportaciones del campo se efectivice al tipo de cambio financiero, mejorando el incentivo para vender y a la vez alimentando la oferta en el mercado libre.
El resultado fue una mayor disponibilidad total de divisas, aunque con menor captura directa por parte del BCRA.
La influencia de estas liquidaciones agropecuarias en el mercado cambiario es significativa. Cuando el campo vende masivamente su cosecha y convierte los dólares a pesos (ya sea en el mercado oficial o vía MEP/CCL), la mayor oferta de divisas tiende a calmar la presión sobre el tipo de cambio. Precisamente, el Gobierno apuesta a que en este segundo trimestre del año el ingreso de dólares del agro ayude a contener los dólares alternativos y permita al Central recomprar reservas
De hecho, el reciente retorno del BCRA a una posición compradora a inicios de abril está ligado al comienzo de la cosecha de soja y maíz, que mejora la disponibilidad de divisas en el mercado.
No obstante, la relación entre el agro y el dólar no es mecánica ni garantizada; depende mucho de las expectativas de los propios exportadores y de las políticas gubernamentales. En marzo, por ejemplo, se observó un freno en la liquidación de granos: las agroexportadoras ingresaron unos USD 1.880 millones, un 15% menos que en febrero.
Según datos de la Cámara de la Industria Aceitera (CIARA-CEC), hacia fines de marzo la liquidación diaria promedio del complejo cerealero-oleaginoso se desplomó desde unos USD 108 millones a apenas USD 64 millones.
Analistas de GMA Capital atribuyeron esta caída a la combinación de expectativas de devaluación y tasas en pesos insuficientes para compensar esa potencial devaluación, lo que motivó a los exportadores a retener granos a la espera de un mejor tipo de cambio.
En respuesta, el Gobierno buscó acelerar la liquidación ofreciendo estímulos: por un lado, dictó un recorte temporal de las retenciones (impuestos a la exportación) mediante el Decreto 38/2025, vigente hasta mediados de año. Estos esfuerzos apuntan a que el campo liquide lo antes posible su cosecha, evitando cuellos de botella en el flujo de divisas.
Varios expertos expresan luces amarillas de cara a 2025 por la necesidad de un dólar más competitivo: si bien un dólar planchado ayuda a contener la inflación de insumos, también reduce el valor en pesos de la cosecha al liquidarla, encareciendo proporcionalmente los costos en dólares que enfrenta el productor (fletes, maquinaria, etc.). El desafío de la política económica será equilibrar estas tensiones: evitar un atraso cambiario excesivo que ahogue a las exportaciones, pero sin desatar una devaluación brusca que dispare la inflación. En el frente externo, un mayor ingreso de divisas por el agro mejora el balance de pagos y las reservas, lo que a su vez fortalece la posición crediticia del país. En 2025, con una cosecha normal, Argentina podría volver a tener un alivio en su cuenta corriente tras el bache de 2023.
Esto no sólo facilitaría el cumplimiento de pagos de deuda y la negociación con el FMI, sino que podría liberar restricciones a las importaciones si el BCRA se siente más cómodo con su nivel de reservas. Sectores industriales y energéticos, que en 2024 operaron con cupos de importación estrictos por la escasez de dólares, podrían recuperar cierto dinamismo si se flexibiliza el acceso a insumos importados gracias a la “lluvia” de agrodólares.
En síntesis, el panorama cambiario argentino de corto y mediano plazo estará marcado por la interacción de dos fuerzas opuestas: por un lado, la oferta de dólares del agro, potenciada por una cosecha en recuperación y eventuales incentivos oficiales; por el otro, la demanda de dólares para atesoramiento, importaciones y cobertura, alimentada por la desconfianza y las necesidades de una economía aún frágil. Si la entrada de divisas supera a la salida, el BCRA podrá seguir navegando con un dólar calmo y acumulando reservas, allanando el camino hacia la unificación cambiaria prometida. Esto sentaría bases más sólidas para la economía, reduciendo la incertidumbre cambiaria que históricamente ha frenado inversiones en sectores clave (incluyendo el propio agro, que suele demorar ventas o siembras ante expectativas de devaluación). Por el contrario, si los agrodólares no alcanzan las expectativas –sea por clima, precios internacionales o reticencia de los productores–, o si surgen shocks externos adversos, la tensión podría reavivarse.